David Antonio Guzmán Ramos vive en la comunidad de Casablanca, en el distrito de Perquín en el municipio de Morazán Norte.
Es miembro de la Junta de Agua y usuario del sistema de agua. El acceso al agua en la comunidad ha presentado dificultades en los últimos años, especialmente relacionadas con la capacidad de abastecimiento. Aunque existe disponibilidad en la fuente, no siempre hay infraestructura suficiente para almacenar y distribuir el agua a todas las familias.
«Últimamente hemos tenido problemas con el abastecimiento. Tenemos agua en la fuente, pero no tenemos donde almacenar suficiente agua.»
Actualmente, la cobertura del sistema es parcial, con diferencias claras entre quienes ya cuentan con conexión y quienes aún dependen de soluciones comunitarias para acceder al recurso. Lo que genera que una parte importante de la población aún no cuente con servicio formal.
«La mayor parte de usuarios, un 55%, todavía no tienen el servicio de agua potable porque no tenemos suficiente para poder repartirles y darles agua a toda la comunidad de Casablanca.»
Además, esta falta de acceso directo obliga a muchas familias a organizarse para compartir el recurso, trasladando agua desde viviendas con conexión hacia aquellas que aún no cuentan con acometida propia, lo que incrementa el esfuerzo diario y la carga comunitaria.
«Las personas que no tienen agua les toca abastecerse de este chorro que está activo, toca jalar el agua para las otras casas.»
Esta realidad impacta con mayor fuerza a personas en situación de vulnerabilidad, como personas mayores o con discapacidad, para quienes el acceso al agua depende en gran medida del apoyo comunitario.
«Aquí, en la comunidad tenemos personas con enfermedades terminales, adultos mayores, personas con discapacidad… entonces cuando estas personas no tienen acceso al agua, toca andar jalando agua de otros lugares.»
«El agua es apta para el consumo humano. Se le han hecho estudios a través de un laboratorio.»
A pesar de estas limitaciones, el agua que se distribuye en la comunidad es tratada y monitoreada, lo que garantiza su aptitud para el consumo humano gracias a procesos de cloración y análisis de laboratorio.
En este contexto, para David, la carga del agua tiene una dimensión de género, ya que, según opina, son principalmente las mujeres quienes asumen la mayor responsabilidad en la gestión del hogar y sienten de forma más directa el impacto de su escasez.
«Afecta más a la señora, porque es la que se tiene que preocupar más… afecta psicológicamente, porque tiene que ver de qué manera va a cubrir la necesidad del oficio en la casa… la mujer se queda pensando en cómo tiene que hacer.»
A nivel comunitario, la población también desarrolla acciones para la protección del recurso hídrico, como la reforestación y la construcción de acequias en zonas de recarga, con el objetivo de garantizar la sostenibilidad del sistema.
“Como familia siempre nos hemos involucrado, por ejemplo, en la reforestación y en hacer acequias.”